viernes, 7 de diciembre de 2018

Des-publicación

Si habéis pasado por el blog más de una vez, os habréis dado cuenta de que algunos post (o más bien todos) están ausentes de éste. Esto se debe a que, ya que tenía intención de presentar ciertas historias a algunos concursos de relato corto, éstos pedían en sus bases que no estuvieran editadas en medios físicos ni digitales, por lo que comprenderéis que no me es posible tenerlas editadas aquí mientras no sepa qué ocurrirá con las historias.
Evidentemente, si escribo alguna más, la subiré en caso de que sea posible.
¡Gracias por vuestra atención! ^-^

EDITADO: Una vez terminados la mayor parte de los concursos en los que participé (sin éxito) vuelvo a publicar las historias, y si escribo alguna más también aparecerá por aquí, gracias de nuevo :)

domingo, 28 de octubre de 2018

Voluntad


Hay momentos como ese, en el que ves pasar la vida ante tus ojos. En el caso de una de las Larvas, más bien sería ver un halo de luz de pensamiento a tu alrededor, un pequeño destello en el que tu vida pasaría a través de ti. Hay momentos en los que notas que es un lugar crucial en tu existencia. Xialis podría haber visto aquella corona de luz chisporroteando a su alrededor, si no hubiera estado concentrada. Podría haber visto el resto de las Larvas, unos metros más allá, metidas de lleno en el estanque, con sus pensamientos relampagueando entre ellas, en lo que en seres verbales habría sido un parloteo nervioso. Pero estaba concentrada.

Estaba concentrada en dos cosas. La primera de ellas era aquel Ser Pescador. Aquella criatura grande y mezquina, aquel depredador terrestre que se había aproximado a la orilla del Estanque a hacer, bueno, lo que se supone que un Ser Pescador debería hacer. En aquel sentido, no se podía decir que fuera una situación especial. Pero la cosa es que lo había hecho con la Larva equivocada. Y la segunda cosa en la que Xialis estaba concentrada, era en su debilidad.
Porque hay gente que está hecha para Mandar, y gente que está hecha para Ser Mandada. Gente, ya sean humanos, espíritus, alienígenas, Espectros… hecha para Liderar, y gente hecha para Seguir. Y entre las Larvas no era diferente. Xialis era del segundo tipo. Xialis siempre había visto a Liom, a su Liom (no su de posesión sino su de reconocimiento) por delante de ella. Con él había nadado desde que habían dejado de ser huevos dejados por algún adulto en el Estanque con los demás. Con él había aprendido a canalizar sus pensamientos en aquella luz mágica, a usar su Luz de Voluntad. Y cuando él podía concentrarla en un rayo con determinación y explicar una idea con toda claridad, ella sólo lograba generar un halo de luces a su alrededor. Cuando él lograba iluminar las algas que comían y disolverlas antes de comerlas, ella sólo lograba atraerlas hacia sí débilmente. Pero no era necesario: Él emitía el haz de luz de voluntad, él abría la comunicación, él compartía su comida. Él le mostraba el mundo exterior que veía cuando sacaba la cabeza más allá de la superficie del Estanque. A un mundo cruel, un mundo repleto de rocas, donde lo único que sobrevivía era lo que tenía la Determinación por sobrevivir. Xialis era débil, sí, y su determinación no era suficiente para sobrevivir en el exterior. Pero por eso sólo era una Larva. Por eso vivía en el Estanque.

El Estanque era su hogar, su burbuja de seguridad. Su zona de confort. Los únicos que podían sobrevivir en el exterior eran los Adultos, que rodaban a altas velocidades por las llanuras rocosas del Inframundo. Al igual que las Larvas, los Adultos tenían cuerpos blandos e invertebrados, pero estaban protegidos de los peligros del mundo exterior por durísimos escudos, fabricados a partir de las dos mitades semiesféricas de enormes piedras, que debían tallar como Larvas usando su Voluntad para poder madurar. Liom había sido el primero de su generación en poder concentrar su Voluntad en un rayo de aquella manera. El primero en poder someter la piedra usando la energía pura de su voluntad. El primero en tallar sus escudos. Liom siempre había querido ser adulto, y había sido el primero en tener el poder para hacerlo. Había tallado con el rayo de luz la piedra hasta convertirla en un par de semiesferas que usar como escudos. Había salido a la superficie, preparado para echar a rodar como el resto de Esferas adultas. Se había encontrado por sorpresa con un Ser Pescador. Y ahora…
Tal vez fuera la voluntad de los dioses. Si hubiera creído en algún dios, considerado la presencia de un ser superior (superior a los adultos y a los seres pescadores, a todos), se habría planteado si sería aquello idea suya. Pero Xialis, desde el fondo del Estanque, lo dudaba. Nadie habría querido que una Larva como Liom acabara de aquella forma justo después de madurar. Ella no lo había querido. No podía aceptarlo. No pensaba tolerarlo. Acabaría con cualquiera que se atreviera a sugerirlo. Y, casualmente, en este mismo momento, la única criatura que se había atrevido a sugerirlo estaba frente a ella.

Por eso, Xialis no se dio cuenta de muchas cosas. Xialis sólo estaba concentrada en dos cosas. Estaba concentrada en su debilidad, en que nunca había podido devolverle a Liom todos aquellos favores… Y estaba concentrada en el Ser Pescador que lo había devorado como una garza se come a una rana, sin piedad y sin previo aviso. El problema, es que esa rana normalmente no tiene otra rana enamorada de ella. El problema es que las ranas no disparan rayos de energía.

Porque la Voluntad de las Esferas del Inframundo es energía. Lo que para un mago requiere pronunciar un hechizo, para una Esfera sólo requiere enfocar sus pensamientos, canalizar su pasión interior. Si el Ser Pescador, nuestra garza metafórica, hubiera tenido los sensores apropiados para detectarlo, habría detectado la tristeza interminable de Xialis. La rabia por no poder cambiar las cosas. La furia por haber perdido al ser que amaba. Habría detectado toda una vida de Larvas admirando a Liom. Pero no podía detectarlo. Lo único que pudo notar, fue cómo la parte de su esternón que se había iluminado por la Luz de la Voluntad de Xialis comenzaba a disolverse, erosionada por la fuerza de los sentimientos de la Larva furiosa. La Voluntad de Xialis ya no era un tenue halo a su alrededor, sino un poderoso canal lumínico, un Rayo de Luz capaz de someter todo aquello con lo que se encontraba. La Voluntad necesaria para sobrevivir en el Inframundo.

Era una vida difícil, pensó Xialis cuando el Pescador cayó muerto ante ella, agujereado de lado a lado por el Rayo de Luz de su Voluntad. Saliendo torpemente del agua, agarró las dos semiesferas de roca que Liom había conseguido tallar antes de salir y ser devorado. Sólo los más fuertes pueden llegar hasta el final. Comprobó que encajaban las semiesferas, formando una esfera impenetrable a su alrededor, que sólo se abriría cuando quisiera proyectar su Rayo de Luz. Es un mundo difícil, sí. Es un mundo en el que lo único que se puede hacer es tener la voluntad de sobrevivir un día más. Por eso, Liom, que no había sido lo suficientemente rápido como para cerrar sus escudos unos momentos atrás, había pasado a disolverse en los ácidos estomacales para alimentar el pescador. Y, por eso, ahora el pescador yacía muerto, disolviéndose en el Rayo de Luz de Xialis para alimentarla a ella.


miércoles, 24 de octubre de 2018

Ámbar y Añil


Ámbar y añil.
Dos colores. Dos sabores. Dos vidas. Aire y arena, cazadores y pastores. Pasado y presente. Cuando uno fija la mirada en el horizonte, casi olvida cuál es cual. En el desierto infinito de Aeleriand, los colores se confunden.

Y cuando el desierto es infinito, lo que en él ocurre parece perder importancia. Cuando las tormentas de arena caen sobre los asentamientos durante días, todo lo demás parece desaparecer bajo la capa de arena, bajo la capa de la indiferencia. Pero la mirada de A’Raien, el dragón que había frente a mí hacía que el desierto no fuera más que un decorado. “Mi hermano”, pensé, apoyando la uña de la otra ala. Escarbé el suelo, agitada. “Mi familia”. No. No podía pensarlo así. No podía pensar que era de los míos. Porque a pesar de que fuera como yo, de nuestras escamas, de nuestras superficies plateadas para reflejar el calor y de nuestros ojos penetrantes… No podíamos estar en posiciones más distintas.
“¡Ríndete!” Le dije, y el eco de mis palabras se perdió en el desierto. “¡Acaba de una vez con toda esta locura!” Vi sus uñas hundirse en la tierra también, y supe que él también lo sentía. Sufría. No quería estar allí. Pero tenía que hacerlo. Por mucho que me doliera, por mucho que le doliera, aquella era la única forma de la que todo aquello podría acabar.
A nuestro alrededor, silenciosos, sin alma, los Siervos. Con sólo cuatro miembros y sin alas, sus escamas tenían un color desvaído, y sus ojos estaban apagados. Pero nos habían seguido, y, silenciosos, observaban nuestra discusión.

“Eso es lo que intento hacer, A’Rya”, replicó él, con un gruñido grave. Su piel ya se había agrietado, ya era un adulto maduro. Ya debería haber comprendido la verdad de este mundo. “Intenté acabar con la locura. Intenté despertaros… Y así hemos acabado”.
“Intentaste asesinar a la Gran Matriarca, ¡A la líder del Asentamiento!” Todavía podía recordarlo. Verlo allí, sobre la Gran Matriarca, con los colmillos empapados de sangre de los otros dragones de la Guardia… Había levantado la garra de una de sus alas, la mayor arma de los dragones, y lo único que había impedido que se llevase por delante a nuestra líder había sido mi rápida intervención. Los Siervos habían podido cerrar filas, A’Raien había huido… Pero yo no quería que desapareciera para siempre sin antes darle una oportunidad de ser juzgado.
“Hay veces que, para construir algo, debes destruir lo que había antes”. Replicó él, gravemente. “Hay veces que, si quieres algo nuevo, debes desterrar lo viejo en el desierto”.
“Sham’Nur… Los Elegidos…” ¿Todo eso debía de ser destruido? Nuestra fe, nuestro modo de vida… Mi hermano quería destruir todo aquello que habíamos construido. De pequeño, A’Raien me había dicho que quería un trofeo de guerra para ser respetado, una placa de la cabeza de un Quition, terribles felinos acorazados que cazan en manadas. Era joven, inexperto, y para cuando mi padre lo sacó de allí, el dragón adulto había perdido un ojo y había ganado una cicatriz en la cuenca izquierda. Pero yo no había podido hacerle cambiar de opinión. De joven, A’Raien se había peleado con uno de los miembros de la guardia por su plaza. El guardián era un dragón entrenado, con grandes alas y uñas musculosas, y lo había hecho morder el polvo. Desde aquel día A’Raien nunca había hablado bien de los guardias. Pero yo no había podido hacerle cambiar de idea.
Y ahora… Ahora sabía que tampoco podría hacer nada. Ahora miraba sus ojos oscuros, el fuego de siempre brillando en su mirada, y sabía que tampoco iba a ser capaz de hacerlo cambiar de idea. Había hecho cosas malas. Había matado varios dragones, había amenazado la vida de la Gran Matriarca. Y ahora debería enfrentarse a las consecuencias. "un Duelo..."
“Duelo a muerte será”, aceptó él, cuando hablé por fin, con mi decisión. Ojalá pudiera tener su determinación. Ojalá pudiera tener las cosas tan claras. Nuestra vida, nuestras costumbres… A’Raien quería quemarlo todo, enterrarlo en la arena. Yo sabía que estaba mal, pero… Pero, al ver a los Siervos a nuestro alrededor, no podía evitar dudar. Al ver la cicatriz en el Siervo tuerto que había tenido el alma de mi padre, no pude evitar pensar. ¿Y si…?

“Oh, gran Sham’Nur, señor de los elegidos”, recité el hechizo, eliminando las dudas de mi corazón. “Ten la bondad de escoger nuestras almas, juzga nuestro combate con justicia y decide quién deberá abandonar esta forma mortal y ser…”
“Esas malditas invocaciones de nuevo…” Gruñó A’Reian. Las uñas de sus alas se hundieron en la tierra, y no tuve más de un instante antes de tener al dragón saltando sobre mí, con las garras de sus alas listas para clavarse en mis escamas. Pero lo detuve, rechazándolo cruzando las alas, y cuando cayó el suelo y dio otro zarpazo, lo sujeté con una de mis garras, encajándole un golpe con la otra. Él era fuerte, pero yo sí había logrado entrar en la Guardia. Puede que no lograse convencerlo… Pero sí podía vencerlo. Al menos, le debía eso a mi pueblo. “¿Es eso lo que eres, A’Rya?”, dijo, retrocediendo mientras planeaba su propio ataque, rechinando las escamas. “¿Una simple Sierva que les ha vendido su alma a esos monstruos?” Se preparó para saltar de nuevo, pero yo fui más rápida, y con un gancho descendente con el ala lo derribé, saltando sobre él.
Forcejeamos, pero aunque trató de liberarse, atrapé sus alas contra el suelo con las mías, bloqueando sus armas principales. “¡Soy tu hermana!” Gruñí. No había podido convencerlo de que cambiase… Pero había intentado mantenerlo vivo. “¿Quién te crees que ha conseguido que sigas libre a día de hoy? ¿Quién crees que ha rogado a Sham’Nur y la Gran Matriarca para que no te elijan aún?” Todas aquellas veces, todos aquellos intentos… A’Reian siempre había sido un problema para el Asentamiento. Agitado y problemático, incluso antes de que nuestro Padre fuera elegido había atraído el desdén de algunos de los ancianos. La única razón por la que la Matriarca hacía la vista gorda era por mí. Su hermana, una de las mejores capitanas de la Guardia. Al menos, eso quería pensar. “¿Quién crees que te ha mantenido fuera del Templo de Nur?”
“¡La misma que se ha postrado ante esos brujos!” Replicó él, también a gritos. “¿¡No lo hueles, hermana!? ¡¿No hueles la peste que emana de sus cadáveres?! ¡Nos dominan en vida, y nos esclavizan tras la muerte! ¡Para ellos no somos más que trozos de carne secándose al sol!” Un mordisco siguió a su afirmación, un ataque rápido destinado a mi cuello, pero yo no era capitana por nada. Esquivé sus ataques una y otra vez, hasta que, cansada de sus bravatas, le hundí la cabeza en la arena de un puñetazo. “¡Basta, A’Reian! Sabes que los mordiscos son las armas de los salvajes… ¡Eres un dragón, maldita sea! ¡Compórtate como tal!” Lo golpeé una y otra vez. Escamas, suelo, tierra… Me daba igual. Me daba igual golpearlo, me daba igual dañarlo. Sólo quería que saliera. Sólo quería que acabase. ¿Por qué, por qué había tenido que ser así? Siempre llevando la contraria, siempre dando problemas… La Gran Matriarca reconocía mis méritos, reconocía mi fuerza… Pero cada vez que la miraba, su mirada me recordaba la espina en mi costado. Mi padre había sido un buen ciudadano, yo era una buena guardia… ¿Por qué A’Reian era distinto? ¿Por qué no podía ser útil a la sociedad? ¿Es que no podía comprender la verdad de este mundo? “¿¡Eso es lo que quieres ser, hermano!? ¿Un salvaje?”
“No”. Sus ojos brillaron cuando, de improviso, detuvo mis brazos con sus manos. “No fuimos salvajes. Fuimos cazadores”. Y entonces, antes de darme tiempo a procesarlo, aferró ambos brazos, y con una patada doble a mi abdomen, me sacó de allí, librándose por fin de mi presa. Golpeando el suelo con las alas, se puso en pie de un salto. “Tiempo atrás, los dragones estuvieron en el ápex, en la cima de la cadena alimenticia. Los reyes del desierto planearon por el desierto infinito de Aeleriand, convirtiendo éste en su territorio. Cazando lo que deseaban, destruyendo a sus enemigos con el poder del sol”.
Sus ojos, desde luego, parecían contener el poder del sol cuando hablaba, un fuego que mi espíritu nunca compartió. “Pero los dragones murieron, y tiempo después, una raza patética y triste se arrastra por las arenas de este erial infinito, ensuciando el nombre de los cazadores Apex. ¿Lo entiendes ahora, hermana? No somos granjeros. No somos Siervos a los que les han arrancado las alas”, hizo un gesto a nuestro alrededor, donde los Siervos reanimados que formaban mi escuadrón esperaban al resultado de nuestro combate. “Somos los reyes del desierto. ¿Lo comprendes? A’Reian. Apex Reian”.

Siempre tras él. Siempre tratando de enmendar sus errores. Tratando de salvarlo, de compensar sus acciones. “No”, respondí. “Lo único que eres, es un ciudadano inútil” Pendientes de los movimientos del otro, de sus poderosas uñas, nos movimos en círculo. “Porque, en el desierto, los cazadores solitarios mueren de hambre, mientras que la comunidad sobrevive”. Porque, en el desierto, necesitamos todos los recursos que podamos obtener. Y si Sham’Nur y sus nigromantes nos ofrecen la oportunidad de ayudar aún después de muertos, no nos preocupa rezarle un par de oraciones a cambio. “El alma de nuestro padre fue elegida hace mucho tiempo, A’Reian… Es hora de que comprendas que un cuerpo no es más que un cuerpo”.
Tal vez… Tal vez fuera esa la respuesta, pensé mientras lo veía. Tal vez había que mirar más allá del dolor, del amor fraternal que aún sentía. Tal vez lo que me evitaba ver la salida más lógica eran mis propias dudas acerca de Sham’Nur. Y, una vez sorteadas estas, podría ver más allá. Mi hermano nunca sería útil para el asentamiento… Pero tal vez, su cuerpo sí pudiera serlo. Tal vez como Siervo pudiera enmendar todos los problemas que dio como dragón. Tal vez Sham’Nur debiera elegirlo para resolver el problema. Y yo tendría que ayudarlo.

No, no era sencillo. Era mi hermano, y me dolía. Pero era necesario. Y, si podía ver al Siervo de mi padre allí, con su cicatriz, si podía ver su ofrenda última al Asentamiento y no sentir dolor… ¿Cómo podía negarle a Sham’Nur su elección? Salté, sobre una nube de polvo. Me lancé sobre mi hermano con el firme propósito de liberarnos. Liberarme a mí de mi culpa, liberarlo a él de su dolor. Su desesperación, su rebeldía. A'Reian abrió de golpe las alas, los colores vivos en sus membranas me aturdieron un instante, el que necesitaba él para esquivar mi ataque. Antaño usadas para volar, las alas habían perdido su función sin un timón que les diese dirección, y ahora sólo servían para comunicarnos a distancia en las grandes planicies. Para atacarnos, con las uñas. Para abrazar a nuestros seres queridos. Y ahora… Ahora nos atacamos. Luchamos. Hermano y hermana, revolucionario y guardia. Esquivé, esquivó, golpeé y golpeó. Yo era capitana de la guardia, pero él siempre había tenido aquella pasión en su interior. Siempre había tenido aquel fuego que le hacía seguir sin importar qué ocurriera. Siempre había tenido el poder del sol en su interior.
Con un movimiento en el suelo, arrojó arena a mis ojos, cegándome y aprovechando el momento para encadenar su ataque. Una retahíla de puñetazos, una lluvia de zarpazos tanto de sus garras como de sus alas me hizo caer al suelo. Amortigüé la caída con las alas. “Ellos dejaron morir a nuestro padre”, dijo, apoyándose sobre los pies y las alas, con cuatro buenos puntos de apoyo. “Profanaron su cadáver con su nigromancia. Y tú los has ayudado”

Mi hermano siempre había tenido el poder del sol en su interior.
Y yo nunca pensé que sería tan cegador. Una nube ígnea salió de su interior, abrasándolo todo a su paso, cerniéndose sobre mí, y en aquel momento, supe cuál era el verdadero rostro de Sham’Nur, supe cuál era el aspecto real de su ojo celeste que crea el día al observarnos. Una gran esfera de llamas. La muerte. Y de su interior, surgió la figura de un dragón. Apex Reian, enemigo del Asentamiento, lanzó su puñalada final. Pero no llegó a atravesarme. Porque otra figura, con sólo dos pares de miembros, se interpuso en su camino.
El fuego se disipó en un instante, y cuando el ojo lejano de Sham’Nur volvió a iluminarnos, los dos nos quedamos sin habla. Ahí estaba él. El Siervo había tomado su ataque, había detenido su uña letal. Una cicatriz en el ojo derecho, la huella de las garras de un Quition muchos años atrás. Vi a mi hermano observar con terror el cadáver de mi padre unos instantes, preguntándose qué había hecho. Preguntándose si no habría sido él el que había llevado a todo aquello. Preguntándose si realmente lo había matado en un principio. Yo sé que mi hermano siempre se culpó por sus actos. Siempre se sintió jugado por la mirada de Sham’Nur, por sus accidentes, por sus problemas. Y sé que nunca jamás fue capaz de admitirlo.

Porque, un instante después, su mirada dura había reemplazado una vez más a su verdadero yo, y arrojó el cadáver reanimado de mi padre a un lado con desprecio. “Magia oscura y muertos vivientes…” Gruñó, mirando al suelo. “He tenido suficiente con toda esta basura”. ¿Basura? Al ponerse entre nosotros, mi padre no sólo me había defendido a mí… También lo había defendido a él, impidiendo que se convirtiera en un asesino. Porque aquellos que rompen la ley de Sham’Nur y le envían a gente sin su elección, deben responder ante él personalmente. Y todo el asentamiento se une para juzgar a los asesinos.
Así que, después de todo este tiempo, después de su muerte, de la tracción de A’Reian, mi padre aún seguía ayudándonos, ¿Verdad? Tomé su cadáver entre mis brazos, levantándolo de la arena removida. Miré cómo no había sangre en su herida, cómo su único ojo permanecía vacío y distante. ¿Sería posible que el espíritu de mi padre aún, después de tanto tiempo, siguiera protegiéndonos?

“Fue necesario”, dijo una voz, a mis espaldas. Sin soltar a mi padre, me volví, y por segunda vez consecutiva, me quedé sin habla. La Gran Matriarca estaba allí. Arrugada, sin alas, con dos pares de brazos como le correspondía a la Matriarca, la Madre de todo el asentamiento, tenía una mano extendida hacia mí. “Debía salvar a una de mis mejores capitanas… Y era la única manera”. Cerró la mano, y noté un tirón entre mis brazos. Claro, pensé, al ver el Siervo del cuerpo de mi padre moverse de nuevo, levantándose a pesar del gran agujero en su pecho. Muerto, reanimado, obediente a la nigromante. Me volví hacia mi hermano, pero ya había desaparecido en dirección al desierto. “Déjalo ir, querida”, dijo la Gran Matriarca. “Su corazón alberga dudas que sólo una audiencia a solas con el desierto puede resolver”.
“Pero el duelo…” Me volví hacia ella, consciente de que mis pensamientos eran un torbellino de emociones ahora mismo. Sham’Nur, la Matriarca, el cadáver de mi padre, A ’Reian… La nigromante acarició el cuerpo de su sujeto casi con cariño. “¿Puede un duelo a muerte acabar sin muertos? ¿Permite eso Sham’Nur?”
“Querida hija”, dijo ella. “¿Crees que un escorpión de las arenas o un O’Shelen de los que llevamos a pastar comprender tu estado mental?” No, claro que no. Ni siquiera yo era capaz de comprenderlo en aquel momento. “Entonces, ¿Cómo esperas comprender tú los pensamientos de un dios?” Tomándome con otro de sus brazos, me atrajo a ella, apretándonos a los tres en un abrazo familiar. Hija, madre y padre, aunque él no fuera más que un cadáver. “Sham’Nur es cruel, pero también es hermoso”, dijo. “Nos da este lugar tan inhóspito, nos da una vida tan dura… Pero también nos da los medios para vivirla. También nos da una comunidad a la que pertenecer. Y tal vez le dé a tu hermano las respuestas que busca. Quiera Sham’Nur que lo veamos de nuevo”.
Añil y ámbar. Cielo y arena. Cazador y granjero. Hermoso y cruel. Sham’Nur. El desierto. Y, de alguna manera, los dragones.

martes, 23 de octubre de 2018

La Ciénaga


Historias. Historias en la oscuridad. En el negro lago, al fondo del abismo, las canciones se elevan contando historias, las historias de las ofoideas. Pero no todas las historias son hermosas, no todos los tonos son puros. No todas las aguas son como las del lago. Porque allí, lejos del asentamiento de las pescadoras, donde la pared amenazaba con unirse con el agua, estaba la ciénaga. Un pantano de agua estancada, de lodo y de seres que se ocultaban en la oscuridad y viscosidad de las profundidades. Un lugar donde los hongos crecían altos, donde los fuegos fatuos correteaban por la superficie buscando las nutritivas burbujas de metano. Un lugar tóxico, en el que ningún alma se acercaría por voluntad propia.

Excepto ellas.
- Por allí. – Las guiaba Villion, al frente de la balsa. Su tripulación – sus compañeras – remaron obedientemente, al ritmo de los golpes. Al ritmo del silencio.
Un silencio antinatural para una ofoidea, acostumbrada a estar envuelta por las voces de sus congéneres. Acostumbrada a oír, a repetir, a disfrutar de la música. Pero estaban en silencio. Un silencio antinatural. Un silencio de búsqueda. ¿Y qué estaban buscando? Buscaban una voz en la oscuridad.
- ¡La he oído! – Afirmó Villion otra vez, y el resto de las ofoideas se miraron entre sí, parloteando y murmurando. También la habían oído. La voz. El grito pidiendo ayuda.

Era algo que les desconcertaba. Llevaban tres ciclos surcando las aguas cenagosas de las afueras del lago Mantodia, desde que su capitana se había obsesionado con pescar un ejemplar especialmente grande. Todas sabían que merecería la pena, que saldrían en las historias, tendrían algo sobre lo que cantar… Pero ahora, el pescado yacía en la parte trasera de la balsa bien asegurado, y ellas estaban allí, adentrándose más en la ciénaga. Porque, cuando creyeron que podrían volver a casa victoriosas, oyeron la voz.
Una voz, en la oscuridad. Una voz, en la ciénaga. Y todo el mundo sabe que no hay ofoideas en la Ciénaga. Que no hay voces puras en aquella pestilencia. Lo único que hay bajo la viscosa superficie de las aguas, repleta de mohos, son gusanos mudos que no merecen ser considerados seres vivos. Pero allí estaban. Y ahora, Villion ya no era la única que la había oído. - ¡En marcha, Oliana! ¡Vamos, Vinar! ¡Ahora ya la hemos oído, es hora de que ella nos oiga a nosotras! - Y, dicho y hecho, Villion comenzó a cantar, y la tripulación la siguió. Todas sus voces se unieron en la canción, como si fuera un solo ser, como si fuera una sola conciencia. Aquella era la magia de las ofoideas, la magia de la música que constituía el idioma de sus almas. Y la voz de la ofoidea solitaria resonaba más allá, y aunque la luz de sus hongos luminosos no la iluminaban, sabía que estaba allí. Sus gritos de socorro resonaban en los corazones de la tripulación, y la tripulación le respondía al unísono.

Así fue como conocieron la historia de Mepótroe, que era el nombre de aquella ofoidea. También era pescadora, les dijo, pero no era pescadora de peces… Ella, junto con su tripulación, su equipo, era pescadora de ideas. – Es ella. – Dijo Oliana, en un momento que detuvieron la melodía. – La ingeniera de balsas. - Una ofoidea cuya misión era comprender lo incomprensible, avanzar lo imposible. Las ofoideas se habían elevado sobre el resto de criaturas de Mantodia gracias a su voz, pero no lo habían hecho solas. Una vez tuvieron la capacidad de comunicarse, supieron que necesitaban más. Supieron que necesitaban ser mejores si querían estar por encima de los peces mudos. Así que, elevándose sobre las aguas, comenzaron a usar los hongos, flotantes. Y construyeron balsas.
Pero, para construir, uno necesita saber lo que construye. Para saber, uno necesita aprender. Y Mepótroe era una de las ofoideas que se dedicaban a aprender. A conocer. A construir. Había compuesto sinfonías que detallaban las formas de construir las balsas, mapas de los nudos que debían atar sus extremos. En sus notas se escondían los secretos de la flotabilidad, y muchas otras cosas cuyo significado se había perdido en el tiempo. Y, efectivamente, las ofoideas lo habían conseguido. Habían construido balsas, y se habían elevado gracias a los hongos luminosos por encima del resto de seres. Pero no era suficiente. Nunca era suficiente. Por eso, Mepótrope les habló de cómo habían ido allí. Viendo los fuegos fatuos iluminar a tanta distancia, verse como faros en la lejanía, supo que podía utilizarlos. Supo que el fuego era la solución, que los hongos luminosos sólo duraban hasta cierto punto. Pero, con el fuego, serían aún mejores. Por eso, había ido allí, con su tripulación, al fin del mundo. A la ciénaga. Y, después de naufragar, ella había sido la única que no se había hundido. La única superviviente.

Las ofoideas de la balsa no cabían en sí de contento. Sus voces brillaban, maravilladas, mientras se acercaban a la pequeña islita en la que se encontraba su interlocutora. Una constructora de balsas, una ofoidea cuya voz vibraba con una cadencia única. Ninguna, ni siquiera Villion, la capitana, u Oliana, la veterana, habían llegado a conocerla en persona, pero todas sabían que era una leyenda. Y, al parecer, era una leyenda viviente. Cuando al fin se acercaron lo suficiente para iluminarla, no pudieron evitar que se les encogiera el corazón. La legendaria Mepótrope, la de las canciones complejas, era poco más que una sombra de una ofoidea. Pequeña, encogida, sin extremidades posteriores, con la túnica formada por las alas hecha jirones… El naufragio y el tiempo que había pasado en solitario en aquel pedazo de isla le habían pasado factura.
- ¡Vamos! – Animó a sus remeras la capitana, aumentando el ritmo. Cuanto antes estuviese a bordo, antes estaría a salvo.

- No, esperad. – La corrigió Oliana, con la mirada fija en la ofoidea de la isla. – Mepótrope lleva desaparecida desde que yo era una larva, sí… Y aquí está. Con las alas hechas jirones, pero viva, al fin y al cabo. Y tiene voz, sí, pero no tiene público para oírla. Observad. – Inquietas, las ofoideas murmuraron, chasqueando sus aparatos bucales, y se dieron cuenta. – Los alrededores de su hogar no son sino lodos, que se extienden por la ciénaga. No hay peces que surquen sus aguas. No hay alimento a su alcance. Pero está aquí.
- ¡Hermanas! – Las llamó la ofoidea de la isla. – Hermanas, no he sido sincera con vosotras. – La voz le tembló, y ésta vez, ya no cantaba. – Mi voz me ha traicionado por miedo. Por hambre. Por desesperación. Llevo en esta isla más tiempo del que puedo recordar. He muerto de hambre, he muerto de tristeza, he muerto de soledad, alimentando mi alma con los ecos de las canciones del lago. Sólo os pido vuestra ayuda, hermanas. Lo único que quiero es salir de aquí.
Confundida, y sin saber qué hacer con la ofoidea mentirosa, Villion se volvió hacia sus tripulantes… Y entonces fue cuando vio la garra viscosa que se había posado en uno de sus laterales.
- ¡Cuidado! – Gritó, pero ya era tarde. El ser que tenían debajo había presionado, desestabilizando la embarcación y arrojándolas a las aguas cenagosas… Y de allí, surgió una enorme boca, un agujero negro que se abalanzaba sobre ellas desde las profundidades. Tragándose a la mitad de las ofoideas, el inmenso bagre anfibio se encaramó a la balsa, mientras las demás gritaban, intentando, apresuradamente escapar de su destino. Pero el monstruo era demasiado grande, demasiado poderoso. Sus bigotes carnosos se enredaron en las extremidades articuladas de las ofoideas, y el Bagre no tardó en engullirlas. No tardó en aplastarlas con su gran boca, haciéndolas desaparecer en su interior.


Satisfecho por su comida, el monstruo se apartó de la balsa, sumergiéndose en la ciénaga para, a continuación, dirigirse hasta la isla con la embarcación sobre la cabeza.
- Así que Mepótroe, ¿Eh? – Dijo el Bagre, mirando con sus pequeños ojillos casi ciegos a la ofoidea solitaria que permanecía en el centro de la isla. - ¿Quién era? ¿Alguien que me he comido, querida? – Lanzó una carcajada, dejando a un lado la barca y arrastrándose por la isla. – Tenías razón al pedirme que no te comiera, Laín… ¡Tengo las tripas llenas de las tuyas, querida!
- No soy tu querida. – Replicó Laín, apartándose de su lado tanto como le permitía su situación. – No soy más que tu prisionera. Debería haber dejado que me devorases. Al menos, habría muerto como una ofoidea… En lugar de vivir como un gusano como tú.
- ¡Sí, nena, háblame sucio! – Se mofó el Bagre con otra carcajada, palmeando la orilla embarrada del islote. – No hay nada que te retenga aquí, querida… Puedes irte siempre que quieras. Sin patas, sin alas… Me gustaría ver cuánto llegas antes de convertirte en la cena de cualquiera de esos gusanos que mantengo a raya. Y, entonces, no tendré más remedio… ¡Tendré que salir al lago! ¡Tendré que darme un festín!
Aferrándose a la tierra del islote con las uñas, se arrastró hasta quedar a pocos centímetros de Laín, y su enorme boca pareció esbozar una gran sonrisa. – Además… No he sido yo quien atrajo la atención de nadie. ¡No fui yo quien les mintió a tus compañeras! Así que, querida, déjale los sentimentalismos a las canciones, ¡y disfruta de tu parte del trato!
Y, ante las carcajadas triunfantes del enorme Bagre, Laín la Mentirosa guardó silencio, y se apresuró a hacerse con el montón de provisiones de pescado que la tripulación de ofoideas había dejado tras ella.


domingo, 21 de octubre de 2018

Raíces


El espectro ladeó la cabeza, negra, pequeña y cubierta por una capucha hecha con una hoja cosida. Entrecerró los ojos, de un azul casi blanco, y examinó lo que tenía ante sí. Masas grandes, pestilentes y negruzcas, con sangre reseca en lo que había sido la mitad superior. Levantando uno de sus brazos delgados, hechos para columpiarse en las ramas de los árboles, presionó una de las masas. Tras un crujido, el tejido venció, y pudo atravesar el objeto quemado sin ningún problema.
- Sí, están muertos. – Sentenció, y los seres a su alrededor, grandes y corpulentos, que no tenían nada que ver con ella en forma o naturaleza, murmuraron, inquietos. Los grisvar, que así se llamaba aquella orgullosa raza de seres mineros, cruzaron miradas nerviosas mientras pasaban los dedos por las correas que les cruzaban el pecho. Pero había uno que no hizo tal cosa, uno con más autoridad que el resto. Uno que avanzó, enfiló a la mujer de Brocken con su hocico alargado, y gruñó.
- Déjate de cuentos, inspectora Zaira. – Dijo. – Si te hemos llamado es porque esperamos la ayuda de Brocken en este asunto. No es algo para tomarse a la ligera.
- Discúlpeme, Capitán Stigr. – Replicó Zaira, permitiéndose una pequeña sonrisa. Los grisvar eran siempre tan grandilocuentes… - Quería comprobar cómo de importante era este asunto para Kruengard.
- ¡Muy importante! – Replicó el grisvar, apretando los dientes. - ¡Y no sólo para los grisvar, también para los espectros! Si ese monstruo logra hacerse con la suya…

Sí, si ese monstruo lograba hacerse con la suya, estaban todos muertos. Grisvar, Espectros… Nada importaría. Porque el ser que había aparecido, procedente de las profundidades de la tierra, podía acabar con el Árbol, y con todo lo que ello conllevaba.
Fafnir. Un ser legendario, un dragón invencible. Una bestia mitológica de la que hablaban los grabados de incontables generaciones atrás. Los relieves de Karash, la biblioteca de los Grisvar, lo mostraban como una bestia inmensa, que hacía parecer astillas a los grisvar. Atravesaba y destruía sus pasadizos, provocando corrimientos de tierras. Atacaba sus rebaños y se alimentaba de sus cosechas, matando a sus gentes con nubes de fuego abrasador. Y, una vez había armado el caos entre la población de grisvar, se había dirigido a su objetivo final: Las raíces del árbol. Y, si aquella vez lograba llegar hasta allí, sería el fin para la civilización de Brocken. Para el Árbol. Para todo el mundo.
Por eso, los líderes de los grisvar y los espectros habían acordado la colaboración entre los pueblos. Un equipo mixto, liderado por el capitán Stigr por parte de los cavadores, y por la inspectora Zaira, de los espectros. Un equipo determinado a acabar con Fafnir de una vez por todas, en un ejercicio de hermandad entre los pueblos.
Pero no era sencillo. Fafnir era invencible. No había Gratoi de grisvar ni brazo de Espectro que lograse darle muerte. Y así, lo único que podían hacer los aterrados habitantes de las cavernas era huir, cuando notaban un seísmo. Porque eso significaba que Fafnir andaba cerca. Eso significaba que un dragón surgiría atravesando las paredes, el suelo o el techo, atravesaría sus pasadizos provocando corrimientos de tierra y hundimientos. Atacando sus colonias, devorando sus cosechas y su ganado. Fafnir era el rey de aquel lugar, con su aliento ígneo, capaz de derretir las piedras.
- Ese es el primer problema. – Explicó la inspectora Zaira, delante del escuadrón. – No es sólo un enemigo duro de roer, también es un enemigo invisible. Si no podemos verlo, no podemos atacarlo. Y un espectro tiene que ver y estudiar a su enemigo, para buscar sus puntos débiles antes de acabar con él.

Efectivamente, como ella esperaba, los murmullos entre los guerreros siguieron a su comentario. Grisvar y Espectro, mineros de las cavernas y acróbatas de las ramas. No había gente más dispar. Y le tocaba trabajar con ambos. - ¡Pero nosotros no somos Espectros estirados! ¡Los grisvar tenemos la batalla en la sangre! ¡Luchamos día tras día contra la roca! Para cuando queráis acabar de estudiar ese monstruo ya habrá acabado con vosotros... ¿Qué quieres que hagamos? – Decía uno de los guerreros, cerrando el puño.
- Pero nos necesitáis para salir de ésta. – Replicó Zaira. – Nos necesitáis para mantener a los vuestros con vida.
- Aunque sea para evitar que excavando se caigan por el Abismo... - Bromearon los espectros, lanzandoles una pulla a los mineros en respuesta a la suya. - Son tan tercos que nunca se sabe por dónde saldrán.
- ¡Al menos nosotros tenemos honor y no luchamos esquivando como cobardes! - Más protestas, más discusiones. Los grisvar eran directos, como piedras cayendo por una ladera, y Zaira sabía que le costaría hacer que trabajasen codo con codo. Por eso lo estaba haciendo, por eso había tocado directamente los puntos sensibles. Si tenían que salir a la luz, por lo menos que fuera en condiciones controladas.
Y tan controladas, que todas las discusiones, las palabras fuertes dichas entre grisvar y Espectros, enmudecieron bajo el estruendo causado por el impacto de unas garras contra el suelo. - ¡Basta! – Gritó el capitán Stigr, levantando las Gratoi y aferrándose a ellas con ferocidad. – Kruengard, Brocken, ¡Todos moriremos si esa abominación sigue campando a sus anchas! Los jefes nos han ordenado que luchemos juntos, ¡Y juntos vamos a luchar! – El capitán Stigr era un grisvar feroz y un capitán temible. Sus Gratoi, aquellas almas de los Grisvar en forma de garras metálicas talladas que llevaban normalmente a la espalda, eran antiguas y estaban llenas de cicatrices de excavaciones y combates sin fin. Algo que le daba, de cara a otros Grisvar, el beneficio de la autoridad y representaba su experiencia.
- Pero, capitán, ¡No necesitamos a estos espectros estirados para luchar contra la bestia! - Dijo uno de los grisvar, provocando un coro de susurros cuando los Espectros agitaron sus brazos llenos de afiladas espinas. - Griff el Grande logró hacerle frente, según cuentan los relieves. Encabezó toda una tropa de guerreros, y…
- Y murieron tres cuartas partes de ellos. – Lo cortó Zaira. – He visto los grabados. Encuentro apasionante vuestro sistema de registro, usando las sombras para ver los detalles grabados, pero las historias del pasado son eso, historias del pasado. – Miró a su alrededor, sabiendo que ahora los grisvar le prestaban atención. – Puede que Griff el Grande lograse ahuyentar a la bestia, pero lo hizo a cambio de las vidas de la mayor parte de sus hombres, incluyendo la suya. – Hizo una pausa, y levantó uno de los brazos, cerrando el puño en un gesto que había aprendido expresamente del capitán Stigr. – Yo no pienso dejar que muera mi escuadrón. Y no pienso ahuyentarlo. Pienso matarlo.
Si lo anterior había conllevado una brisa de susurros, esto era un vendaval de comentarios. De dudas, de sorpresa, de incredulidad. - ¡Pero inspectora! – Decían. - ¡No se puede matar! ¡Es Fafnir, el dragón inmortal!
- ¡Y la fruta está verde hasta que madura! – Replicó Zaira. - ¡Se supone que sois grisvar! ¡Guerreros que no se asustan ante lo desconocido! Os jactáis de abrir túneles y de que nada puede deteneros… ¿Y vais a quedaros a medio camino porque alguien os dice que no se puede?
- ¡Guerreros! – Continuó hablando Stigr, a su lado. - ¡La inspectora Zaira duda de vuestro valor! Yo le he jurado que sois mis mejores grisvar, los más valientes de aquí a Ciudad Granito… ¡¿Vais a dejar de cavar sólo por encontrar una piedra más dura en el camino?!
Así eran los grisvar. Seres de sangre caliente, dispuesta a hervir ante aquellos desafíos. Zaira sabía cómo pensaban, y precisamente por eso sabía que necesitaba un grisvar para que los motivase. Para que les hiciera centrarse en su misión.

Una misión que les iba a costar esfuerzo. Lo primero, como bien había dicho Zaira en un principio, implicaba estudiar sus enemigos. Estudiar sus patrones de ataque, sus movimientos. No eran aleatorios. Fafnir no era un simple animal salvaje. Era un monstruo. Sus ataques iban dirigidos a las concentraciones de grisvar. Fiestas, celebraciones, mercados donde se procesaba la cosecha…
- La gente lo atrae como a un grisvar lo atrae el metal divino… – Gruñía Stigr, mascando un pedazo de hongo. – Ya van tres rituales de los Sánctor que ha interrumpido. Los sacerdotes pudieron salvarse, pero no sé qué pasará con nosotros si no podemos seguir excavando. Hace dos ciclos que no se oye un sonido en la cámara de reso… Hijo de puta. – Se volvió hacia Zaira, que había reproducido algunos grabados de Fafnir en una hoja. - ¡Es el sonido! ¡A través de las paredes no puede vernos, pero nos oye! ¡Por eso ataca la cámara de resonancia, por eso ataca los sitios donde hay gente!
Mientras el grisvar salía por la puerta del cuartel que habían construido en la frontera, para avisarlos a todos, Zaira se quedó pensando. Se guiaba por el sonido. Usaba el sonido, las vibraciones en la tierra para escoger a sus víctimas. Eso significa que podían hablar con él. Podían atraerlo, utilizar aquello en su contra. Ahora ya tenían un punto de partida. Y, como todos los espectros, lo único que necesitaban para alcanzar su objetivo, era una serie de apoyos. Y lo único que necesitaban para lograr su meta, era, seguir avanzando, como un grisvar.
Así que avanzaron. Avanzaron por los túneles, buscando a las víctimas. Buscando a los supervivientes. Buscando al dragón de sus recuerdos. Al real, no al Fafnir legendario, imbatible y letal. – Si queremos acabar con él, - Decía. – Debemos convertirlo en algo con lo que podamos acabar. Debemos conocerlo.

Y lo conocieron. Supieron que Fafnir, el monstruoso dragón ígneo, tenía un cuerpo largo y sinuoso como el brazo de un espectro. Cubierto de escamas gruesas y muy duras, se desplazaba a gran velocidad por la tierra, y sólo se detenía cuando salía, dispuesto a segar la vida de más grisvar. Supieron que sus tres mandíbulas eran realmente indestructibles, y que sus únicas aperturas para respirar estaban en sus costados, tres orificios por cada lado. Supieron que se cubría de llamas y arrasaba con todo lo que tenía ante sí. Supieron que realmente era invencible.
- Es imposible. – Gruñía Stigr, derrotado. – No hay forma de mandar a ese demonio al Abismo. Tal vez podamos plantarle cara, como hizo Griff el Grande. Tal vez podamos ahuyentarlo y lamentar nuestras pérdidas.
- ¡No! – Replicó Zaira, agarrándolo por las correas que sujetaban las Gratoi a su espalda, acercándose a él. - ¡Eso nunca! ¡Eres un grisvar, Stigr! ¡No puedes echarte atrás! ¿No dijiste que los grisvar no se echan atrás por nada?
- ¡Es un demonio! – El grisvar la zarandeó casi sin proponérselo; Zaira era del grosor de su antebrazo. - ¡No podemos detenerlo! Es imparable, como un corrimiento de tierras. Y cuando un Grisvar se enfrenta a un derrumbamiento, lo único que puede hacer es echarse atrás.
Los brazos de Zaira se resbalaron de su compañero. De su amigo. Los grisvar eran piedras que marcaban el camino. Duros guerreros que avanzaban sin importar qué, mineros que hacían de su vida excavar roca desnuda sin más ayuda que sus garras metálicas. Si ellos fallaban, si se echaban atrás, los espectros perderían la esperanza. – Debes sentirte decepcionada. – Dijo en voz baja el capitán grisvar. – Creímos que podríamos trabajar juntos, que podríamos vencerlo. Pero nos equivocamos.
Zaira no pudo evitar sonreírse. Para compararse con roca sólida, los grisvar tiraban la toalla muy fácilmente. Un espectro, en cambio, sabe que a veces hay que dar rodeos para llegar a su objetivo. – No te preocupes, capitán… Creo que tengo una idea.
Una idea arriesgada. Una idea que podría no funcionar. Pero una idea que podría acabar de una vez y para siempre con la amenaza del dragón. Juntos, grisvar y espectros. Juntas, la ciudad-geoda de Kruengard y la colonia arborícola de Brocken. – Y, para ello… - Dijo, ante el escuadrón. Su escuadrón. – Para ello necesito que confiéis en mí. – Los miró, pasando la mirada por cada uno de ellos. Los espectros, con sus máscaras militares, cada una con un diseño único. Los grisvar, con sus Gratoi, sus garras talladas. – Necesito que obedezcáis al instante todas y cada una de mis órdenes. Por muy absurdas que os resulten, por mucho que vayan en contra de vuestra naturaleza.
- Espera, ¿Qué quieres decir? – Los espectros, habituados a confiar sólo en sus brazos para columpiarse entre las ramas, se miraron entre sí. Un coro de murmullos surcó el escuadrón.
- Todas las órdenes son todas las órdenes. – Replicó una grisvar, mirando al espectro que había hablado y a Zaira de nuevo. – Si te pide que te tires al suelo, o que ruedes, tú lo haces sin pensar. Tienes un plan, ¿No?
- Así es. – Asintió la inspectora Zaira. – Y ese plan requiere de una cooperación precisa de los miembros de este escuadrón. Fafnir es un enemigo formidable, y vamos a necesitar todo nuestro ánimo para enviarlo al Abismo. – Haciendo una nueva pausa, suspiró, mirándolos a todos y preguntándose cuántos de ellos vivirían al final del enfrentamiento. Cuantos habrían entregado sus vidas por sus respectivos pueblos.
- Puede que me odiéis en el transcurso de la operación. – Continuó, por encima de los murmullos. – Y no os culpo. Pero os pido este voto de confianza. Os pido que me deis hasta el final de la batalla. Una vez lo hayamos logrado, una vez hayamos vencido al dragón, me someteré a las medidas que los grisvar, o los espectros, crean oportunas. Pero es muy importante que me deis vuestra obediencia. Es importante que no digáis nada.
¿Qué puedes decir, cuando te encuentras al borde del Abismo? Zaira sabía lo que era. Sabía lo que se sentía, al encontrarse al borde de la oscuridad, colgando de una ramita que puede quebrarse con un soplo de viento. Crees que llegarás al siguiente tramo, crees que llegarás a la pared, pero sabes que, no todos lo harán. Sabes que la rama se quebrará, y que tú. O quizás todos, seréis engullidos por el Abismo. Allí, en la última charla, antes del combate, se permitió alzar la vista y permitir que la luz de Arriba, procedente del cielo, se reflejara en su propia máscara metálica. Suspiró, sintiendo la última bocanada de tranquilidad. Y se volvió hacia los soldados. Acróbatas y mineros. Espectros y grisvar. Su escuadrón. Sus brazos, para derrotar a Fafnir. Y, con la decisión pintada en sus ojos azules, comenzó a detallar su plan. – Bien, lo primero que necesitamos es el lugar perfecto. Y también necesitamos el cebo perfecto. – Miró a Stigr, que tragó saliva.
- ¿Cuántos? – Dijo, simplemente.
- Un rebaño entero. – Replicó ella. – Los más ruidosos que encuentres.

Y, poco a poco, preparativo tras preparativo, llegó el gran día. El día del enfrentamiento. Todos los miembros del escuadrón se situaron en la cámara que Zaira había elegido, una cámara baja, iluminada con hongos luminiscentes, pero también con ventanas, que le permitían ver el gran Árbol desplegarse sobre ellos, iluminado por la Luz de Arriba.
Por suerte, o por desgracia, no tuvieron que esperar mucho. Al principio fue imperceptible, un suave movimiento que sólo los animales captaron. Se removieron, nerviosos, pero los espectros que los rodeaban restallaron sus brazos. Y el temblor aumentó de intensidad. El suelo se resquebrajó, y los guerreros se miraron, asustados. Pero no se movieron. Pero no hablaron. El único sonido que había eran los gritos y los aullidos de las criaturas, que trataban de deshacer las ataduras.
Pero no tuvieron tiempo, porque, repentinamente, el suelo se rompió, y un inmenso titán, tan grueso como una rama del Árbol y con el cuerpo recubierto de escamas, arrasó con el rebaño y desató el caos. O lo intentó. Porque Zaira se permitió un instante para admirar su inmensidad, su fuerza, su forma de arrasar con todo. Sus tres mandíbulas con forma de pico se abrían y cerraban, excavando, y a ambos lados de la cabeza se hallaban los orificios respiratorios, como habían dicho los testigos. Una bestia invencible, un ser legendario. Y ella se disponía a vencerlo.

- ¡Ahora! – Gritó, tomando el mando. - ¡Etta, Épsilon y Omega! ¡A tocar!
Y como todos los grisvar de la sala, que rodeaban a Fafnir, golpearon la piedra al unísono. Los que había a su izquierda, a su derecha, ante ella. Un enorme concierto de percusión inundó la sala. Fafnir se guiaba por el sonido, lo usaba para localizar sus presas… Y ellos se encargarían de que no pudiera localizar a nadie. - ¡Sigma, detenedlo! – Y allí fueron los otros Grisvar, los más fuertes y resistentes, directos al agujero del que salía el cuerpo del ciclópeo dragón gusano. Clavando las garras entre sus durísimas escamas, se aseguraron de ponerle un tope, se aseguraron de encerrarlo allí con ellos.
Aturdido, Fafnir se detuvo un instante, pero si alguno pensaba que con eso bastaría se equivocaba: El dragón se retorció y trató de abalanzarse sobre los grisvar que tanto ruido hacían. Pero por suerte, Zaira ya lo había pensado. Ya estaba preparada. Y lista para la eventualidad. - ¡Alfa, Beta! – Gritó, y del techo de la caverna cayeron dos equipos de espectros, que se arrojaron por sorpresa contra el dragón, con los afilados espolones de sus manos preparados para hacerle sentir su poder. Agarrándose a sus escamas rugosas, los espectros se columpiaron alrededor de Fafnir, atacando sus espiráculos. Acosándolo y obligándolo a retorcerse. Moviéndose con la velocidad propia de los espectros para evitar que la bestia los atrapase con sus inmensas mandíbulas, mientras los grisvar atacaban su base desde el suelo.
Lo estaban consiguiendo, pensó Zaira, que seguía en su posición ante la ventana. El trabajo en equipo era la clave. Rodeado por sonidos estruendosos que le impedían ver sus alrededores, acosado por los aguijones de los espectros y las garras de los Grisvar. Estaban logrando hacerle daño. Y, sin embargo… Sin embargo, sabía que nada era suficiente. Nada de lo que pudieran hacer, ya fuera solos o en equipo, sería suficiente para acabar con él.
Porque Fafnir se había cansado de los grisvar. Fafnir se había cansado de los espectros. Así que se retorció, lanzando un bramido estremecedor, y por todos y cada uno de los espiráculos exhaló sendas nubes de energía ígnea, que cubriéndose de fuego y haciendo estallar a los guerreros en llamas. Y allí, con los brazos tensos y pegados al suelo, Zaira tuvo que ver a sus camaradas, sus guerreros, morir abrasados. Se obligó a ver sus cuerpos pasto de las llamas, a oír sus chillidos agónicos. Porque sabía que eso era culpa suya. Sabía que era ella la que había apostado, y la que los había mandado a la muerte. Porque aquello era una guerra, y en una guerra había que hacer sacrificios.
- ¡Ahora! – Gritó, sin embargo, entre el estruendo de la percusión de los grisvar, que seguían rodeando al dragón. - ¡Sin piedad con él! ¡Muerte a Fafnir! – Y envueltos por una furia suicida, obligados por la obediencia ciega que ella les había exigido, los guerreros que quedaban, fueran Grisvar o espectros, se lanzaron a por Fafnir. Enfadando a la bestia. Enfureciéndola. Colocándola en el lugar mental que quería Zaira. Aturdido por la furia y el estruendo, el titánico dragón se acercó de nuevo a la tierra, abriendo y cerrando sus mandíbulas. Calculando su próximo movimiento.
- ¡Ahora! – Gritó Zaira. - ¡Etta, Épsilon! ¡Fuera!
Los grupos de percusión Etta y Épsilon dejaron de tocar, siendo elevados por los aires por los espectros que quedaban de reserva en el techo y desapareciendo del panorama mental de la criatura. Ahora sólo quedaba la posición de Zaira, ante la cual el grupo Omega seguía redoblando. Centrando la atención de la bestia ígnea. Centrando su furia. Interfiriendo con su sónar. – A mi señal. – Anunció Zaira, sabiendo que se acercaba el momento. - ¡Estás acabada, bestia! ¡No eres más que un gusano de la fruta que ha crecido demasiado! Este es tu momento... ¡Yo misma te daré muerte y te devolveré al Abismo del que procedes!
Porque sabía que Fafnir no era idiota. No era un simple animal que cazara para comer. Era una bestia sedienta de sangre, un demonio de odio y fuego. Sabía que no era casualidad que Griff el Grande, capitán y héroe póstumo de los grisvar, hubiera muerto en su último ataque. Se enfrentaba a una bestia inteligente que sabía reconocer y cazar a los líderes, descabezando a los ejércitos. Por eso ella había sido la única que había dado órdenes. Por eso ahora sólo quedaba el grupo que había junto a ella redoblando en el suelo. Y cuando la criatura volvió a despedir vapor a presión por los espiráculos y arrancó de nuevo en su dirección, cegada por el odio y por el aturdimiento, Zaira les dio la señal a los grisvar que quedaban junto a ella.
Y los Grisvar hicieron lo que les había ordenado, aunque fuera contrario a su propia naturaleza: Se apartaron, sin hacerle frente a su enemigo. Zaira, por su parte, también hizo lo contrario a lo que habría hecho cualquier espectro. Vio venir al dragón, acelerando. Lo vio acercarse, y sintió el deseo de esquivarlo, de serpentear a un lado como siempre hacía. Pero no lo hizo. Lo esperó allí, quieta, con los brazos abiertos.

Y cuando el titánico gusano dragón imbuido en llamas la arrolló, como una locomotora de vapor habría arrollado a un hombre, Zaira lo envolvió con sus brazos, agarrándolo para impedir que abriese las mandíbulas de nuevo. Y juntos, atravesaron la pared a su espalda. Atravesaron la ventana, y tras ellos estaba el vacío, el mismo vacío que los estruendos de percusión de los grisvar habían ocultado ante Fafnir. Y así, el dragón invencible se arrojó al Abismo, incapaz, gracias a Zaira, de abrir de nuevo la boca para entrar por la pared vertical. Y mientras caían a la oscuridad del vacío, Zaira pudo ver por última vez su patria, aquel Árbol que se erigía en la vertiente horizontal de La Grieta, y, de alguna manera, se sintió orgullosa. Caía, al igual que Fafnir. Pero, a diferencia de él, Zaira había ganado.


sábado, 20 de octubre de 2018

A Capella


Frente a mí pude ver la cabeza del espectro. Su silueta, recortada contra la Luz de Arriba. Posado en aquella rama, observándome triunfal. Yo alargué la mano, viendo ante mí la superficie metálica de mis Gratoi, y caí al vacío.

Es irónico, ¿Verdad? Soy un Grisvar. Un cavador. Mi pueblo vive de los minerales que extrae de la tierra, de los hongos que cultivamos. O de eso vivíamos, antes de que empezara la guerra. Una guerra que le había dado la vuelta a todo. Y ahora, en vez de las paredes, sólo tenía conmigo mis garras metálicas, mis Gratoi. Y la oscuridad del Abismo infinito. Sobre mí, podía ver las ramas del Árbol de Brocken, que habíamos intentado invadir. Según caía, veía cada vez más ramas. Cada vez una perspectiva mayor.
¿Cómo habíamos sido tan tontos? Los Grisvar somos grandes, de gruesos brazos para excavar. Estamos hechos para los túneles. Y ahora sólo había un túnel. Un Absmo infinito, al que aquel Espectro me había arrojado en defensa de su patria. No podía culparle. Yo habría hecho lo mismo. Pero ahora ya lo había perdido. Mi patria, mis grisvar, mi hogar… Ahora sólo estábamos mi alma y yo. Mis garras metálicas y yo. Y el Abismo infinito.

Una oscuridad húmeda me golpeó en la espalda. Un golpe frío y aplastante, que me hizo retorcerme antes de envolverme en su letal abrazo. Agua helada. Como en los pozos profundos de las galerías bajas. Pero los Grisvar no podemos nadar, y me hundí como una piedra. Como todos aquellos compañeros que habían caído en aquellas batallas inútiles. “Inútiles”, pensé. Así era la batalla. Así era la guerra. Así era mi muerte.
No obstante, algo pasó. Un pensamiento, un espasmo. No quería que fuera inútil. Una sacudida me recorrió, y el impulso de moverme, de excavar a través del agua, se abrió camino por mi mente agónica. Una mente que apenas era consciente, y que apenas era capaz de diferenciar el bien del mal. Por eso hice aquello. Por eso hice lo innombrable.
Me deshice de mis Gratoi. Mis garras, mis palas excavadoras, mi alma. El instrumento más preciado para un Grisvar, que marca su paso a la adultez y su independencia. Su herramienta para cavar, para cultivar, incluso para matar. Los Grisvar no somos nada sin los Gratoi. Pero con un movimiento, yo me había deshecho de las cinchas en mis antebrazos, y casi pude distinguir su resplandor metálico mientras caían al insondable fondo del lago.

Libre del peso de mis pecados, de mi alma, mi cuerpo se pudo retorcer, y mis brazos se movieron, por reflejo, tratando de abrirse paso por el agua igual que lo habían hecho por tierra. Pero en el agua no había aire para mis pulmones, y mi conciencia, ya agónica, no tardó en desvanecerse, no tardó en caer en la oscuridad, sintiendo en mis huesos los últimos latidos de mi corazón. Los últimos golpes de una vida que, sin alma, estaba a punto de apagarse.
Golpes rítmicos, acompañados de una extraña melodía. La melodía del más allá. La melodía del Gran Cavador. Una melodía lúgubre. La melodía de la muerte.
Nadie sabe lo que pasa cuando un Grisvar muere, y lo enterramos con sus Gratoi. Nadie sabe cómo puede llegar desde allí hasta las cavernas del Gran Cavador. Pero estoy seguro de algo. No es doloroso. Pero aquello sí que lo fue. Un dolor agudo, como si un aguijón de espectro penetrase en mi carne. Un dolor que hizo que los recuerdos de los combates volvieran a mi mente. Muerte, destrucción. Compañeros abiertos en canal. Espectros por todas partes.

Con un bramido ensordecedor, me revolví contra mi atacante, extendiendo el brazo y agarrando una tela suave como la barriga de una cría Grisvar. Todo un concierto de ensordecedores bramidos y protestas se alzaron en respuesta al mío, pero a pesar del ruido, mantuve el agarre, y cuando abrí los ojos, descubrí que, por suerte o desgracia, no había muerto. Y que tampoco estaba solo.
Llegados a este punto, creo que debería hablar un poco de la Ofoideas. Seres pescadores que vivían a orillas de Mantodia, el lago del que me habían sacado, ellas navegaban en balsas hechas trenzando tallos de hongo que crecía en las orillas, usando filamentos de hojas caídas del Árbol y otras vegetaciones que crecían en la oscuridad. Construían balsas ahusadas, que salen al lago impulsadas por filas de remeras, mientras las menos afortunadas se quedan en tierra, guardando sus asentamientos de seres malvados, depredadores de las marismas de hongos o gusanos cavadores. Y mientras, escuchan los cantos del lago, al ritmo de los golpes de los remos.
Y es que las ofoideas viven de sus voces. La voz de un grisvar le permite comunicarse a distancia, por los túneles, pero el canto de una ofoidea es mucho más. Al igual que un explorador grisvar puede detectar el eco de una veta metálica por el sonido que hacen sus Gratoi al golpear la pared, una capitana ofoidea puede detectar la posición de los bancos de peces al oír el eco de su canto y el de su tripulación. Con sonido los localizan, con cantos los atraen, con cantos los aturden… Y con sus afiladas patas articuladas los arponean, como un Espectro cortando fruta.
El pueblo ofoideo vive de su voz. Vive para su voz. Y por eso, cuando me desperté entre un grupo de pescadoras hambrientas, y grité “¡Basta!”, todas se echaron atrás. Aquella fue la primera vez que oyeron mi voz. La primera vez que oyeron una voz que no era la suya.

“Resonador”. Así fue lo que me llamaron, entre murmullos. Gracias a sus bolsas faríngeas, las ofoideas pueden modular su voz. Sus gritos ensordecedores hacen vibrar el agua, aturdiendo a los peces de debajo, haciéndolos presas fáciles para sus afiladas extremidades. Pero también pueden ser suaves murmullos, vocecitas agudas como las de nuestros niños. Entre ella, mi voz grave reverberaba en las paredes como unas Gratoi sobre la piedra.
“Resonador”. Sus vidas giraban sobre sus voces. Si puedes cantar, puedes pescar. Igual que un grisvar se apoya en sus garras, sus Gratoi, para ganarse la vida, las ofoideas dependen de su voz. Pero no es sólo el sonido. La piedra sobre la piedra emite un sonido, pero el canto de las ofoideas es algo más. Es un grito en la oscuridad, una búsqueda de identidad en el solitario lago subterráneo. Al remar, buscando comida, las ofoideas no sólo cantan. Cantan sobre sus vidas, sobre sus anhelos. Sobre su identidad. Si puedes cantar, puedes hacerte oír. Si tu voz resuena, tu presencia prevalece sobre la oscuridad. Y, en la soledad del lago, los cánticos de las tripulaciones de las balsas llegan a las ofoideas en tierra e ilustraban sus vidas.

Y yo, al igual que las ofoideas, tenía voz. Tenía presencia. Tenía alma. Yo, un grisvar que lo había perdido todo. Mis Gratoi, la expresión misma de mi alma, yacían en el fondo del lago. Pero las ofoideas no sabían nada de las Gratoi. Las ofoideas no sabían de mi muerte bajo el agua. Para las ofoideas, mi voz retumbaba como la suya.
Me acogieron con los brazos abiertos nada más oír mi grave voz. “Son ciertas”, entonaron. “Las historias, los relieves”. Leyendas sobre una raza de seres de piedra, figuras y relieves arrojados al vacío por los Grisvar. Ofrendas a los Seres de Abajo. Caían al lago, y las Ofoideas los rescataban. Rescataban todo lo que oían caer. Frutos, ramas, hojas y hasta cuerpos. En la oscuridad, la vida escasea. Y cualquier alimento es bienvenido.
Pero yo tenía Voz. Yo era alguien. Y aquello lo cambiaba todo.

Sin historia que cantar, sin poder navegar usando la ecolocación, no podía embarcarme, pero eso no significaba que fuera inútil. Todo lo contrario. Construcción de naves, transporte, comida… No podía contribuir con el alimento, pero no tardé en comprobar que me necesitaban. Cuando los conocí eran seres rígidos y duros, que llevaban vidas austeras arrebatándole al lago su sustento. Pero las ofoideas son seres sensibles y frágiles, cuyas vidas poéticas se entrelazan en sus voces, que cantan funerales cuando pierden a un miembro. Seres que, al mirar al lago, al navegar, deben darles la espalda a las marismas, a las paredes. A los depredadores.
Seres de las profundidades de la tierra. Gusanos carnívoros y otras criaturas que merodeaban en la oscuridad. Grandes, del grosor de un grisvar adulto y con tres potentes mandíbulas, son fuerzas de la naturaleza para las ofoideas. Deidades antiguas en sus cantos, los Kuri eran seres que debían ser temidos y aplacados, con ofrendas de pescado y hongos. Duras rocas en su camino. Pero, cuando se encuentran con una roca, los grisvar no se detienen, sino que la rompen en pedazos. Y yo no era un grisvar, sin mis Gratoi… Pero era lo más parecido que tenían. Así que, cuando vi a aquel gusano carnívoro arrojarse sobre una ofoidea, cuando vi su vientre al descubierto entre sus alas rotas, decidí que era hora de hacerme un nombre.
“Te mataré, demonio”, dije. “te mataré y liberaré a las ofoideas de tu amenaza”.
Recuerdo la batalla. Recuerdo las sacudidas del Kuri. Recuerdo los golpes contra las rocas de la pared de la caverna. Recuerdo ser arrojado sobre la piedra. Era demasiado, pensé. Era inútil. Las ofoideas tenían razón. No se le podía hacer frente a un Kuri. No sin mis Gratoi, sin mis garras. Y entonces, al pensar aquello, cuando el excavador abrió sus tres mandíbulas, irguiéndose sobre mí para atestar el golpe final, me di cuenta. Aunque había perdido mis Gratoi, para las ofoideas seguía siendo digno. Me habían acogido como resonador. Habían creído en mi alma.
Y eso significaba que mi alma no estaba en mis Gratoi. Lo que, las convertía en meros metales tallados. Piedras que los grisvar usaban para un fin. Y, al extender el brazo, en el suelo, supe que tenía muchas piedras. Aquel fue el principio.
Esperando al momento oportuno, cuando el Kuri se abalanzó sobre mí, lo golpeé con las piedras. Lo alejé de mí, golpeándolo como lo habría golpeado con mis Gratoi. Usando mis manos en forma de pala, levanté grandes piedras y se las lancé al monstruo, que no se esperaba resistencia. Acostumbrado a los aguijonazos de las ofoideas, el Kuri retrocedió ante mis grandes pedradas, pero yo no le di tregua. Dejándome llevar por la furia, por todo lo que había ocurrido, desaté mi fuerza y me lancé tras él. Pedrada a pedrada, detuve su movimiento. Pedrada a pedrada, lo detuve para siempre, y lo enterré en un lecho de rocas. Aquello, como ya he dicho, fue el comienzo.

Los grisvar están acostumbrados a lidiar con los obstáculos en un túnel. Piedras, pozas, depredadores… Es sólo un trabajo. Arrancarle el sustento a la roca desnuda no es más que su modo de vida. Pero yo ya no era un grisvar. Las Gratoi no eran más que garras metálicas en el fondo del lago. Y las ofoideas cantan. Cantan sobre sus hazañas, sobre travesías batallando criaturas submarinas. Sobre las batallas de canto al ritmo de los remos de balsa, entre distintas comunidades. Y ahora, sobre Kuri-dak, “Muerte del Kuri”. Eso fue, como he dicho, lo que lo empezó todo.
Había logrado un nombre. Un puesto de honor, como defensor de la comunidad. Una historia que cantar. Sus melodías del Kuri ahora hablaban de Kuridak y su hazaña. Sus ofrendas eran ahora agradecimientos que presentaban ante Kuridak. Ante mí. Y yo vi la oportunidad. Tal vez no saliera en sus balsas a pescar… Pero pronto, los cánticos de mi hazaña comenzaron a elevarse desde las aguas de Mantodia.
Y, como los ecos, las consecuencias pronto se hicieron presentes. Ofrendas. Regalos, en forma de provisiones. Agradecimientos. Las ofoideas pagaban mi historia con comida. Y yo quería comida. ¿Quién podría culparme? Sólo quería asegurarme. No podía pescar, pero podía tener a las ofoideas pescando para mí. Cantando mi historia, para que todos la conocieran. Un héroe, un protector. Kuridak, el centinela de la ciudad. El que levanta muros.
Querían alguien sobre el que cantar, y yo se lo dí. Les di historias sobre mi pasado, un pasado que sólo existía en mi imaginación. Hazañas sobre la muerte de monstruos épicos. Leyendas extraídas de la cultura de los grisvar. Proezas que me aseguraron un puesto constante en sus canciones, un puesto constante en sus ofrendas. Pronto, Kuridak no fue el guerrero pescado en el lago. Kuridak era el héroe que había caído del cielo, elegido por los dioses para traer la paz a las ofoideas matando a sus enemigos, unificando sus tribus en un gran asentamiento. Una urbe alrededor de mí.
Yo era el defensor. Yo era el que sabía cómo evitar que murieran. Era el elegido por los dioses, y, por tanto, era el que debía elegir cómo organizar las balsas. Cómo salían, dónde pescaban. El que elegía a las que iban de pesca y a las que se quedaban de centinelas, esperando a los monstruos en la oscuridad. Les di orden a sus vidas, organizando la urbe como un sistema de galerías, plantando hongos luminosos en cada esquina para que yo pudiera ver.

Era lo mejor para ellas. ¿Cómo no iba a serlo? Era Kuridak, el liberador. Kuridak, el elegido por los dioses. Las canciones eran claras sobre ello, canciones que cantaban las ofoideas más favorables. Canciones aprobadas por mí. Mis historias, mi urbe. Mis ofoideas. Yo se lo había dado todo. La libertad del Kuri. La protección. La organización. Cuando llegué aquí, a Blunn, sólo había tristes asentamientos pesqueros en la oscuridad del lago negro. ¿Y ahora? Ahora una urbe se iluminaba en la oscuridad, desafiando la negrura. Ahora, los barcos marchaban por todo el lago, desde las marismas a la Catarata Infinita.
Ahora las ofoideas ya traían sus capturas, y las repartían entre toda la comunidad. Ahora teníamos un sistema. Un mercado, como el que había entre los grisvar y los espectros. Organizando las entregas, determinando cómo se repartía la comida, me aseguraba de mantener mi control sobre ellas. Me aseguraba la mayor asignación de todas. Era más grande. Era el precio de la seguridad.
Algunas cometieron el error de desafiarme. Se volvieron contra mí, chasqueando las mandíbulas y vibrando las alas. “No eres uno de nosotros”, dijeron. “No eres como los demás. No deberías estar aquí”. Ilusas que no sabían lo que decían. Que no sabían lo mucho que hacía por ellas. ¡Era Kuridak, su protector! ¡Kuridak, el héroe venido de los cielos! ¡El elegido para traer la paz a las ofoideas! Levantándose contra mí, las rebeldes creyeron que podían volverse contra su invencible Rey, pero se equivocaron. Sus cáscaras se quebraron, y sus alas se rompieron. Y su sangre azul empapó mis manos, mientras yo miraba a las demás, satisfecho. Sabiendo que no había quien me hiciera frente.
Por desgracia, me equivocaba.

Al principio, pareció una simple alga que habían pescado en el lago Mantodia. Un montón de tiras, como los filamentos de las algas que flotaban inertes en las negras aguas. Pero las algas no se mantenían sobre sus pies, ni tenían ojos brillando en la oscuridad. Aquel ser que me observaba ante mí, en la cámara del trono, rodeado de las ofoideas, era lo último que esperaría ver allí. Un espectro de Brocken.
Había venido de Arriba, de los dioses, dijeron los insectos. Como yo. Podía notar el temor y veneración en sus voces. Podía notar el poder y el control. Yo les había dado la ciudad, Kuridoia, y a cambio, ellas me daban mi poder. Y eso fue lo que le ofrecí al espectro.
Allí abajo no estábamos en guerra. No éramos enemigos. Mis Gratoi estaban enterradas. Había sitio para otro dios en el panteón de aquellos insectos. Extendí la mano… Pero el espectro la rechazó.
Dioses, reyes, héroes… “Cuando desperté entre las ofoideas, pensé que estaban locas”, dijo. “Pero tenían razón. Esto ha ido demasiado lejos. Abandona tu reinado de terror”. ¿Reinado de terror? ¡Yo era su líder, su héroe! El único terror de las ofoideas era ese maldito Kuri. Yo era su salvador, su liberador, y el elegido para mantener la paz por los dioses. “Y, por la presente”, dije. “Te considero una amenaza para mi pueblo”. Debía ser eliminado. Silenciado. Así que, al igual que había hecho con el Kuri, me abalancé sobre él. Al igual que me había abalanzado sobre todas las ofoideas rebeldes. Pero el espectro esquivó mi bramido, siseando hacia un lado, usándome para columpiarse a un lado. Me rodeó, colocándose a mi espalda mientras yo me daba la vuelta.
“¡Las he llevado a la gloria!”, le espeté, mientras intentaba golpearle, atento también al círculo de ofoideas que había a nuestro alrededor. “¡Yo soy Kuridak, el Rey! ¡Yo soy el pueblo!”
Las ofoideas cantaban. Cantaban, como les había enseñado. Cantaban mis historias, mis hazañas. Cómo había matado a incontables seres oscuros, cómo me habían elegido los dioses. Cómo había levantado muros y había creado aquella ciudad para protegerlas.
“Los muros son para protegerse de las bestias…”, replicó el espectro, siseando a mi alrededor, sacudiéndose mis intentos de agarrarlo. Su cuerpo escurridizo se libraba de mí, rodeándome, haciéndome trastabillar. “Pero en este veo que la bestia ha estado dentro desde el principio”. Volví a atacar, una y otra vez. El espectro se movía, pero yo sabía que si lograba encajar un golpe, ganaría. Mi fuerza era muy superior a la suya. Yo era más fuerte, era el rey. ¡El héroe, elegido por los dioses!
“Mírate, Grisvar”, dijo, azotando mis pies y haciéndome caer en mitad de mi ataque. “Has perdido tus Gratoi, y has perdido tu razón de ser. Eres un ser sin alma”.

“¡Silencio!”, bramé, irguiéndome de nuevo. Un espectro nunca podría comprenderme. Las Gratoi no eran nada, no eran más que pedazos de piedra tallada que esclavizaban a los grisvar. Si fuera por las Gratoi, seguiría en el fondo del lago, ahogado como el resto de grisvar. “Mi alma no es una piedra inerte hundiéndose en el lago”, sentencié, mientras lo agarraba con fuerza. Sin su máscara de guerra, su cabeza era vulnerable. “¡Mi alma es una Voz potente que se alza sobre las aguas!”
“Te equivocas, grisvar”, dijo, moviéndose como la neblina para liberarse de mí. Agarrando sus brazos, traté de golpearlo contra una pared, pero se columpió y se alejó de mí, escalando por ella fuera de mi alcance. “Las Gratoi no son piedras talladas. Son un alma, una herramienta. La forma de ganarse la vida. Al igual que un espectro usa sus brazos, el grisvar usa las garras para labrar el campo, para abrir túneles. Para contribuir en su comunidad”.
“Herramienta…” La palabra recorrió como un susurro el círculo de ofoideas. Apreté los dientes, dándome cuenta de lo que había hecho aquel espectro. Las Gratoi eran las herramientas de un grisvar, igual que los brazos eran las de un espectro. Igual que la Voz era la herramienta de una ofoidea.
“Y al perder tu herramienta, tu ser se ha pervertido”, dijo el espectro, moviéndose a mi alrededor. Tanteándome, buscando que yo atacara de nuevo. Sabía, sabíamos que aquel asalto decidiría quién salía victorioso. “Has perdido de vista tu naturaleza, grisvar. Has perdido tu razón de ser, y con ella has perdido tu alma, y te has aprovechado del agradecimiento de las ofoideas. Eres un monstruo, Kuridak”.
Y sin previo aviso, nos lanzamos el uno contra el otro. El espectro, con sus brazos afilados extendidos a su alrededor. El grisvar con su gran puño, un ariete que aplastaba todo lo que se encontraba. Espectros y Grisvar. Brazos contra puño. Todo terminaría entre nosotros.
O no. Porque, en el último momento, el espectro hizo un quiebro, esquivándome, haciéndome tropezar y caer con sus brazos. Me volví, levantándome, pero un doloroso aguijonazo en las piernas me detuvo, haciéndome caer del todo. “Tus Gratoi son un memorándum de tu razón de ser, tu herramienta. Si las tuvieras sabrías que hay algo por lo que vivir, algo distinto a tu propio interés. Pero, como las has perdido, has perdido también tu poder. Tu muerte librará a las ofoideas de la amenaza”. Se me heló la sangre en las venas al oír aquellas palabras. Eran las mismas que yo le había dicho al Kuri. Sin embargo, no fueron las últimas.
“Pero eso no es decisión mía. No eres mi enemigo”. Se volvió. “Es ante ellas ante quienes debes rendirles cuentas”. Aprovechando el momento, me levanté, de golpe, tratando de llevarlo conmigo, pero giró sobre mí, y volvió a hacerme caer.
“¡Ofoideas de Blonn!”, anunció. “¡Vuestro héroe, vuestro rey invencible!” Cortando un hongo luminoso, aprovechó la luz que emitía antes de morir para iluminar mi figura. “Vuestro dios tirano sangra como todos los demás”. Heridas superficiales decoraban mi piel. Pequeños cortes que había hecho al usarme para sus acrobacias. Cortes superficiales, que no significaban nada… Pero, irónicamente, la sangre le otorgaba un tono de óxido a mi cuerpo. Estaba oxidado por la victoria. Y el espectro lo sabía. Así que siguió hablando con mis súbditos. Siguió hablando de cómo las leyendas no eran ciertas. De cómo no había sido ningún elegido de los Seres de Arriba. “Un guerrero caído entre muchos”, me describía. “Un soldado vencido de una guerra en nuestra patria". Un ser que, perdiendo su alma, se ha pervertido hasta convertirse en el tirano que es ahora.
El espectro había echado un paso atrás, permitiendo a las ofoideas decidir mi papel en aquella historia. Y las ofoideas habían avanzado, enarbolando sus aguijones en mi contra.
Tomando su lugar al matarlo, me había transformado en el Kuri para las ofoideas. Un ser excavador que se aprovecha del miedo para comer, para dominar. Un gusano. Y aquel espectro les abría los ojos. 
Las ofoideas murmuraban y armaban jaleo, dándose cuenta. Tras el agradecimiento inicial por el Kuri, no me debían nada. Nada por las historias, por las leyendas, por el control.
En un último intento de control, volví a levantarme. Rojo de ira y de sangre, con las ofoideas rodeándome, las desafié con mis gruesos brazos, puede que me hubiera perdido con sus palabras siseantes, que hubiera logrado poner a mis súbditas en mi contra… Pero aquello no acabaría allí. ¡Yo era el rey invencible, el protector, el héroe de las ofoideas! Les recordaría a golpes quién mandaba allí.
O, al menos, eso creía. Porque, cuando me abalancé sobre ellas, las ofoideas se hicieron a un lado, y uno a uno, fueron cortando los hongos luminosos que nos rodeaban, que cayeron uno a uno por la ladera de la colina junto al lago, oscureciendo la zona. Y la oscuridad no era mi terreno. Era el suyo. Ataqué, una y otra vez, hacia un lado y otro, tratando de alcanzar a los insectos, pero sus voces resonaban en mis huesos. Yo estaba ciego, pero ellas podían ver. Con su música, me veía. Con sus cánticos, me aturdían. Y, como a un pez, me arponeaban.

viernes, 19 de octubre de 2018

Abrazo


Hay gente que disfruta mirando paisajes interminables. Grandes cordilleras, llanuras infinitas, incluso universos de planetas y estrellas sin fin.
Kynen disfrutaba mirando el Árbol. Su hogar. Disfrutaba viendo la luz reflejarse en sus verdes hojas, disfrutaba viendo cómo las ramas se extendían por toda la amplitud de La Grieta, llegando al otro lado. Observó los racimos de frutos, las cosechas y orgullo de sus compatriotas. Los edificios, hechos de semillas huecas, los Espectros, atareados, yendo de un lado a otro…

-           ¡Nen! – Lo llamó una voz aguda. Kynen apartó la mirada embelesada de Brocken y se volvió, girándose para mirar a la que le había llamado. - ¡Ya he terminado, Nen! – Lo llamó Kyann, y Kynen sonrió, al verla corretear hacia él atravesando Tronco, la mayor avenida de su mundo, una de las que conectaban Brocken y el árbol de los Espectros con la comunidad Grisvar que vivía en los túneles de la pared de la Grieta.
-          – ¡Bien! – Él salió a su encuentro, balanceándose con sus múltiples brazos y proyectándose hacia ella a una mayor velocidad. - ¿Cómo ha ido? ¿Te han puesto alguna pega?– No… - Dijo ella, entrecerrando los ojos en una mueca al ver los brazos de Kynen, que se balanceaban como juncos al amparo de la brisa. – Pero he tardado un montón. Seguro que te has aburrido de esperarme.
Él sonrió, y le acarició la cabeza con una mano. - ¡No! ¡Qué dices, Kyann! Me he quedado embobado admirando la belleza del Árbol… - Suspiró, envolviéndola con un brazo como solía hacer, cariñoso. – ¿No crees que es hermoso? Sabes, cuando lo miro, comprendo que todos digan que es un regalo divino. En un equilibrio perfecto, entre la Luz y el Abismo. Entre la tierra y el aire. Es perfecto, ¿No crees?

Ella no respondió, pero su mirada sombría le dijo a Kynen que no compartía su admiración por el gran Árbol de los espectros. Y Nen no podía culparla. No era ningún misterio para él, ni para nadie. Tenía que ver con aquel Árbol, aquella maravilla de la naturaleza, venerado por los espectros y los grisvar por igual. Un lugar situado a medias, entre Arriba, el lugar desde donde procedían la luz y el agua de la vida, y Abajo, el Abismo de la oscuridad y la muerte. Entre la Luz y la Oscuridad, el Árbol representaba la vida. El equilibrio. Y allí era donde vivían los espectros, en un lugar sagrado, haciendo acrobacias gracias a sus largos y numerosos brazos, que les permitían columpiarse entre las ramas y moverse en su hogar en tres dimensiones.
Y ahí es donde radicaba el problema de Kyann. Porque los brazos de Kyann eran completamente incapaces de sostener su peso. Nen no recordaba cuándo había comenzado aquello. Recordaba a la pequeña corretear detrás de él y los demás, con aquellos cortos bracitos, siempre por encima de las ramas más gruesas. Siempre aferrándose, siempre con mido a caer. Incapaz de hacer acrobacias, de escalar ramas verticales, Kyann había vivido en los nudos más cercanos al tronco principal, sin adentrarse nunca en la espesura. Incapaz de recolectar, incapaz de cazar, incapaz de seguirles el ritmo a los demás espectros.

-          – Sabes, creo que puedes enseñarnos mucho a los demás espectros… - Dijo, mientras volvían, intentando animarla. – Tomarnos nuestro tiempo para ir a los sitios. Dar rodeos. Estamos tan centrados en lo que hay al final de nuestros brazos, que muchas veces nos olvidamos de mirar lo que hay más allá. – Suspiró, mientras se dirigían al hueco del tronco en el que vivían. – No había tenido en cuenta lo majestuoso que era nuestro hogar hasta que pude verlo hace un poco, ¿Sabes?
-          – Tiene que ser agradable. – Respondió ella sin mirarlo. – Ser tan rápido que puedes quedarte mirando al paisaje al final.
La había pinchado, y ella había respondido, como siempre hacía. Maldita sea… Nen trataba de animarla, pero Kyann sólo le recordaba lo diferente que era de los demás. Y, en el fondo, Nen no podía culparla.
Brocken y el Árbol eran hermosos para Kynen, pero lo eran porque representaban un equilibrio. Equilibrio entre vida y muerte. Luz y Oscuridad, lluvia y abismo. Un equilibrio que vivía en el interior de cada espectro. En sus formas de cuidar la fruta, cazar los bichos voladores o incluso en sus danzas rituales… Un equilibrio del que Kyann no formaba parte. No, Kyann no era hermosa. Kyann sólo era agobiantemente lenta.

Y no decía nada. Intentaba seguirla a las ramas fértiles, y él la esperaba hasta que llegaba con su patético trotecito. Lo acompañaba cuando iba al mercado, o al Puesto de Cambio del tronco. Convivía con él, con sus largos brazos, con sus herramientas perfectas. Y no se lo echaba en cara. Pero Nen lo sabía. Sabía que era consciente. Veía cómo sus ojos se estrechaban al verlo columpiarse, veía cómo lo miraba cuando bajaba a comprobar la fruta, cómo bailaba en las fiestas de la cosecha, entre las ramas. Ella carecía de aquellos brazos imprescindibles para cualquier Espectro, pero no sólo eso… También los odiaba. Odiaba su perfección, su facilidad para vivir una vida plena. Cada movimiento de un espectro le recordaba su incapacidad. Y los odiaba. Y Nen no podía culparla. Él también lo habría odiado, pensó mientras cenaban en silencio. Una maldición de la que era dolorosamente consciente.
Dolorosamente consciente, pensó mientras la miraba disimuladamente. Observando cómo intentaba cortar la fruta, usando los aguijones subdesarrollados al final de sus bracitos cortos. Queriendo cortarla como él, pero sin embargo consiguiendo únicamente una pasta que apenas parecía puré de larvas. Y entonces, volviendo la mirada a él, entrecerró los ojos. Dándose cuenta de la perfección de los cortes de su propia cena, y de los pensamientos que pasarían por Kyann, Nen dudó de si esconderla u ofrecérsela. Pero sabía que ninguna de las opciones llevaría a ninguna parte.
-         – Kyann…
La había visto. Había hecho la comparación. Se había dado cuenta de que tal vez nunca lograría una cena como aquella. Con aquellos brazos, lo único que conseguiría, sería caer hacia una muerte segura.
Tal vez era su destino, pensó más tarde Kyann, cuando salió del hueco del árbol y observó la ciudad igual que antes había hecho Kynen. Tal vez su vida estaba enfocada hacia aquel instante, aquel resbalón. Tarde o temprano, ocurriría. Y todo su mundo, como la ciudad comenzaba a oscurecerse en la noche, se convertiría en el Abismo. Pero ella no hacía más que posponerlo. Y ni siquiera sabía la razón.
Porque, además de tener unos brazos ridículamente pequeños, Kyann era tan espectro como todos los demás. Los veía haciendo aquellas cabriolas y sentía deseos de correr, de sentir el viento contra su cuerpo, de hacer acrobacias por las ramas. También quería sentir la libertad, el equilibrio de columpiarse sobre la muerte. Pero aquella libertad le había sido arrebatada antes de tener siquiera uso de razón.
Pero no podía. No podía balancearse, columpiarse o hacer acrobacias. No podía danzar en las fiestas de la cosecha, ni hacer incursiones a las ramas exteriores, donde los bichos voladores, divirtiéndose como se divertía su hermano con sus amigos. Y, lo que era aún peor, no podía trabajar. Sus brazos eran demasiado débiles como para bajar hasta los racimos y controlarlos, y sus aguijones, demasiado pequeños como para cortar fruta o madera. En un lugar especial como el Árbol, los espectros vivían una vida especial. Vivían a través de sus brazos, sus herramientas. El valor de un espectro dependía de sus brazos. Y Kyann apenas tenía brazos.

Nen nunca le había dicho nada. Nunca le había echado en cara su discapacidad, nunca la había dejado atrás. Pero sabía cómo la miraba. Sabía qué sentimiento le impulsaba a pedirle que llevara la cosecha al Puesto de Cambio. No era la necesidad, ni la colaboración. Era la lástima. Sabía cómo la miraba, sabía cómo la miraban todos. Sabía lo que pensaban de ella. Porque ella era la primera que lo pensaba.
“¡Sí, lo sé!”, quería decirles a gritos. ¡Sabía que no tenía brazos! ¡Sabía que era triste, y patética! Si el valor de un espectro dependía de sus brazos, ella no tenía valor como espectro. Los espectros valoraban la libertad del Árbol por encima de todas las cosas, y ella, con aquellas patéticas patitas diminutas, no tenía libertad. Y así, estaba relegada a vivir de la lástima de su hermano para siempre. Siendo un lastre a sus espaldas, un parásito. Sin dignidad.
Y aquello, de todo lo que implicaba su atrofia, era lo peor. Porque, sin sus brazos, Kyann era incapaz de vivir allí con dignidad. Incapaz de mantenerse en el Árbol. Y, por tanto, debía irse de allí.
No era una decisión tomada a la ligera. Había pasado muchos ciclos meditándola, muchas horas de luz mientras caminaba, mientras trotaba. Rumiando los brotes de aquella idea a lo largo de muchas lluvias. No era un impulso. No era la rabia y el menosprecio que sentía. Era la única opción que le quedaba. Al menos, la única digna. Porque sabía que su hermano la quería, que la seguiría cuidando… Pero no la entendía. No lo hacía por él. Lo hacía por ella. Era ella la que no quería seguir siendo una carga. Quería moverse por su cuenta, tener algo de lo que pudiera enorgullecerse. No quería la lástima de nadie. Y eso era algo que allí, en el Árbol, no podría cambiar. Igual que no podía cambiar sus ramas, sus frutos, o las acrobacias de un espectro. No podía, no debía, y no lo intentaría. Y, precisamente por eso, sabía que eran incompatibles. Y que debía irse.

A él le dolería. Sufriría, cuando supiera de su marcha. Pero sabía que, con el tiempo, lo entendería. Los espectros amaban la libertad, Y ella, a pesar de todo, era un espectro.
Así que tomando las provisiones, una bolsa que había hecho con ojas cosidas entre sí, tomando lo poco que sabía que necesitaría, se dispuso a marcharse, sin despedirse y en la oscuridad, pero entonces se dio cuenta de que no estaba sola.
Unos filamentos negros corrieron a su alrededor, rodeándola, y Kyann notó una presencia tras ella. Una presencia alargada y con los ojos azules, que la abrazó desde atrás. Y Kyann se detuvo, notando cómo toda su determinación por marcharse temblaba como una hoja en un vendaval.
-          – Nen… - Murmuró el nombre de su hermano. No era justo. No era justo que le hiciera eso. Bajó la mirada, viéndolo tomarla en sus brazos como hacía siempre.
-          – No digas nada. – Le oyó decir, sin volverse. ¿Por qué? ¿Por qué no podía dejarla ir?
-          – Debo irme. – Dijo, de todas formas, tratando de fortalecer, por medio de las palabras, su súplica.
-          – Eres necesaria. – Replicó él. – Te necesito aquí, Kyann…
Ella suspiró, tratando de no reírse de forma sarcástica. - ¿Necesaria? ¿Para qué me necesitas, hermano? No soy buena para nada. Soy patética, lenta y tardo en hacer las cosas. Siempre voy por detrás. No quiero seguir siendo una carga. – Se volvió, encarándolo. Mirando sus ojos claros, que le devolvían una mirada intensa.
-          – No, no es cierto. – Replicó él. – No eres una carga. No eres patética. Eres mi hermana. Y te necesito.
-         – Sabes que no es cierto. – Prosiguió ella, desviando la mirada. ¿Por qué no podía dejarla marcharse en paz? No era sencillo antes de que él dijera nada. – Sabes que no soy útil.
-          – No, no digas eso. – Replicó él, tomándola de las manos. – Eres útil para mí. Kyann, eres mi hermana. Y siempre me serás útil. Lo siento si alguna vez creíste que no era así, si te viste inútil o si mi mirada te dijo algo que yo no pensaba. Siempre tendrás tu sitio junto a mí. Me da igual qué crean los demás, me da igual cómo te miren. Me da igual lo que puedas hacer.
-          – Pero a mí no. – Replicó ella, apartando las manos de él suavemente. - ¿No te das cuenta? No se trata de ti. Se trata de mí, Kynen. Se trata de lo que puedo o no puedo hacer, de cómo puedo defenderme. ¿Crees que es triste vivir como vivo yo? Sé que a veces te lo imaginas, sé que a veces me miras y sientes lástima. Imagina lo que es vivir sin dignidad, imagina lo que se siente cuando vives la vida de otro. Quiero vivir mi propia vida, quiero tener la libertad de todos los espectros. Y eso… Eso es algo que no conseguiré aquí. Este no es mi lugar. Y quiero averiguar cuál es.
Notó cómo el cuerpo alargado de su hermano se arrguaba al tiempo que éste se alejaba de ella, entrecerrando los ojos en un gesto de disgusto. – No… Kyann, si te vas, yo…
-          – Si me voy, te sentirás horrible. Ya lo sé. – Replicó ella, suspirando. – Te produciré dolor. Pero, ¿Sabes? Es lo primero que habré producido en mi vida, aparte de lástima.
-          – ¡No!
-          – Necesito vivir mi propia vida, Kynen. Y tú necesitas vivir la tuya. Sin mí.
-          – ¿Y no puedo hacer nada? – Replicó Kynen. – ¡Soy tu hermano! ¡No puedo dejarte ir sin más!
Ella movió la cabeza, suspirando de nuevo. Muchos suspiros. Mucho dolor. Pero también mucha determinación. - No desapareceré, tranquilo. Sólo iré a otro lugar, a uno más estable. Oí en el puesto de mando que los grisvar están dispuestos a colaborar con los espectros, ¿sabes? Después de todo lo que pasó con aquel dragón, y lo que hizo la inspectora Zaira… - Se había abierto un puente entre los pueblos, uno aún mayor que el tronco que unía el árbol con la pared. Puede que la mayoría de los espectros valorasen demasiado su libertad y sus acrobacias como para meterse en un túnel, pero ella… - Creo que allí pueden tener un lugar para mí.
Él la tomó de nuevo con la mano, angustiado. Impotente. - No puedo quedarme aquí, sin poder hacer nada para impedirlo… Esta sensación de impotencia es terrible.
-          – Bueno… – Suspiró Kyann. – Yo he podido hacerlo toda mi vida.
El Árbol es el lugar de la libertad. La libertad para trepar, para saltar, para correr por entre sus ramas. Pero la libertad de uno acaba cuando empieza la de las demás. Y, aunque no tuviera brazos largos, aunque no pudiera hacer acrobacias, Kyann también era una espectro. También tenía libertad.